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Informe sobre contaminación por hidrocarburos:

 

Así MATA

YPF - REPSOL

en la Ribera de QUILMES

Hace más de 20 años comenzó un genocidio silencioso en la zona costera del Río de Quilmes. Roturas en el poliducto y el oleoducto que recorren 70 kilómetros desde Ensenada hasta Avellaneda han desatado un riesgo ambiental y sanitario sin precedentes en el distrito. Cerca de 1000 familias conviven diariamente con la contaminación por hidrocarburos, muertes inexplicables, bebés con malformaciones y extrañas enfermedades en la piel, en el sistema respiratorio y el tan temido cáncer. Todo, bajo la estricta complicidad de las distintas gestiones locales, Provinciales y Nacionales.

 

HISTORIA DE LA CONTAMINACIÓN

DE YPF-REPSOL

 

 

En 1988, la ribera de Quilmes vivió un derrame de combustible en una de sus zonas más despobladas, producto de una rotura del poliducto y oleoducto de la entonces empresa estatal YPF, que va desde La Plata hasta Dock Sud, y que recorre el distrito por debajo de la calle 78.

         Por aquel entonces, YPF aseguró que había reparado el conducto y que los bomberos sacaron gran parte del combustible que se había derramado en más de una hectárea, removiendo la tierra y prendiendo fuego el área afectada para consumir la mayor cantidad de hidrocarburo posible.

 

         Años más tarde, debido al aumento de la desocupación y de la pobreza que azotó a nuestro país durante la década del 90, esas tierras fueron poblándose, y quienes se instalaban no percibieron contaminación en el aire ni en el suelo alguna.

 

         Al no haber tendido de agua potable, los pobladores realizaron las perforaciones para extraer el agua de la napa freática, y tampoco percibieron que existiera contaminación en el agua.

 

         Sin embargo, a partir de 2000 esas percepciones cambiaron abruptamente: los vecinos más cercanos a la línea del poliducto y el oleoducto comenzaron a sentir fuertes olores a combustible que les provocaban náuseas, vómitos, dolores de cabeza y malestares gastrointestinales.

 

         A su vez, el agua extraída de los pozos comenzó a cambiar de color y a mostrar una fuerte presencia de componentes de hidrocarburo.

 

         Fue así que los vecinos entablaron una fuerte lucha hasta denunciar a los medios de comunicación la preocupante situación y llegaron a presentar su problemática al gobierno comunal, por aquellos tiempos, al mismísimo intendente Fernando Geronés.

 

         La respuesta oficial pareció una réplica de la enarbolada por REPSOL, y aseguraba que los olores se presentaban por aquella vieja pérdida reparada en la década de los 80´, pero que habiendo quedado algunos restos de combustible alojados en el subsuelo, salían a la superficie por el ascenso de las napas freáticas, una problemática que afectaba –y aún hoy afecta-, a miles de vecinos de Quilmes.

 

         Una medición de presión del conducto fue la prueba presentada por la empresa, y sus resultados pretendían negar algún tipo de pérdida o fisura en el mismo, escondiendo que una simple porosidad en el caño del tamaño de un alfiler, resultaría imposible de ser registrada por una manómetro, teniendo en cuenta que por el caño circulan miles de litros de combustible a lo largo de casi 70 kilómetros de extensión.

 

         Según un estudio realizado en 2004 por el laboratorio LAQUI, a menos de un metro de profundidad era posible extraer entre 40 y 50 litros de combustible, lo que podía determinar que existía una “laguna” subterránea de unos 40 mil metros cuadrados de superficie por algo así como 0,70 centímetros de profundidad, lo que representaría unos 3 mil metros cúbicos de combustible alojados en el subsuelo de la zona afectada, sin contar con todo lo extraído por YPF y lo combustionado por los bomberos, lo extraído por los vecinos, y aquello que supuestamente logró drenar REPSOL en los últimos tiempos.

 

         Tanto el gas oil como el fuel oil son muchos más densos que el agua y generan la impermeabilidad de los suelos, lo que dificulta el drenaje hacia las capas inferiores, y cuanto más cerca del poliducto se extrae el combustible, menor es la presencia de agua y más inflamable resulta el combustible.

 

         Algunos vecinos han extraído el gas oil para utilizarlo en automóviles y dicen que los vehículos responden de la misma forma que si hubiesen sido abastecidos con combustibles adquiridos en una estación de servicio, mientras que mecánicos especializados en motores diesel afirman que si el gas oil permanece mucho tiempo en recipientes que no guarden hermetismo, pierde inflamabilidad y poder de combustión.

 

         ¿Es posible, entonces, que un hidrocarburo alojado en el suelo, mezclado con tierra y con agua durante 20 años combustione apenas se le acerca un fósforo o incluso pueda poner en marcha un automóvil?

 

         ¿Es posible que después de todas las tareas ejecutadas desde 1988 a la fecha, de decretarse la emergencia ambiental en algunas manzanas durante 2004, y de las supuestas tareas de remediación realizadas por REPSOL, que 20 años después de aquel trágico suceso, exista todavía hoy tanta cantidad de hidrocarburo en el suelo de la zona en cuestión?

         Sin dudas, la respuesta es sí. Y es evidente que todo eso es posible porque todavía existen en el conducto “viejas” o “nuevas” grietas, aberturas, roturas o filtraciones que continúan haciendo del lugar inhabitable para sus pobladores, un serio foco de contaminación ambiental, y un caldo de cultivo de enfermedades cutáneas, respiratorias y cancerígenas.

 

         El laboratorio LAQUI ratifica esta presunción en el resultado de un análisis de dos muestras extraídas en la zona: una, a escasos centímetros de donde se encuentra el poliducto, y otra, a unos 50 metros del mismo.

 

         En la primera muestra analizada se encontró una importante presencia de nafta y una biodegradación moderada que apenas supera en el 20 por ciento a al que presentarían combustibles nuevos; la segunda muestra, una menor cantidad de nafta y una biodegradación que alcanza al 40 por ciento.

 

         Esto deja en claro que el combustible vertido es de mayor toxicidad, combustión e inflamabilidad cuando más cerca se encuentra del conducto. Si fuese cierta la teoría de la empresa, y el combustible estuviese alojado allí desde hace 20 años, las muestras indicarían iguales valores en ambos pozos de toma.

         Pero la contaminación de REPSOL no termina allí: durante la ejecución del “Programa de Remediación Progresiva” producto de la declaración de la emergencia ambiental, la empresa comenzó a realizar perforaciones para extraer por alto vacío el combustible y el agua depositada en el suelo y el subsuelo de la zona. Luego de días de poner en funcionamiento las máquinas de venteo, los gases que emanaban al exterior eran tan nauseabundos que los vecinos debieron plantear una fuerte oposición a este sistema y luego de una larga lucha lograron frenar este proceso.

 

         También, los vecinos denunciaron que el agua era volcada en los desagües pluviales, en los zanjones y simplemente a los costados de las calles.

 

REPSOL debe hacerse cargo de los traslados de los pobladores del lugar durante el tiempo que dure esa interminable remediación porque las vidas y la salud de los vecinos afectados se encuentran seriamente en peligro.

 

         Tanto el Estado, a nivel nacional, provincial y local le ha dado la espalda a la gente durante estos 20 años. Llamativamente ha escondido esta problemática, siendo absolutamente funcional a los intereses de una empresa que tiende permanentemente a minimizar la gravedad de la situación, soslayando la innumerable cantidad de enfermedades y patologías relacionadas con la contaminación por hidrocarburos, que padece un gran número de vecinos del lugar.

         Las millonarias pautas publicitarias que distribuye REPSOL-YPF en casi el total de los medios nacionales y la consecuente censura o autocensura de la problemática por parte de los mismos, atentan contra la lucha los vecinos, quienes no logran instalar el tema en el agenda nacional y/o provincial, ven pasar el tiempo, enfermarse familiares, vecinos y amigos, y padecen esta evitable realidad, llamativa y tristemente, casi, como si fuera “normal”.

 

 

 

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